
Sin duda alguna, si hay algo que tengo que resaltar en lo que llevamos de viaje es nuestra buena mano en esto del arte de la improvisación, por llamarlo de alguna manera. Conseguir que ninguno de nuestros planes se lleven a cabo tal cual los planeamos en un primer momento es algo que todavía no deja de sorprendernos y maravillarnos. Y la verdad, nos gusta. Poner rumbo a un barrio y terminar en otro es algo que está empezando a ser normal en nuestro día a día. Planear un maravilloso día de bici y terminar comprando plantillas de silicona en el barrio de Castro es algo que ya no nos sorprende, incluso nos agrada. Y es que ¿para qué ir hoy si podemos ir mañana? Peligro, peligro. Así nos pasa que vamos a comprar un billete de autobús y nos tiramos dos horas desternilladas de la risa en la sala de espera… con los billetes ya comprados. Pero bueno, la mejor de todas las improvisaciones, la madre de todas nuestras desviaciones, la que más orgullosas nos hace sentir es, sin lugar a duda, la que nos marcamos el domingo pasado. Esta es la historia de cómo pusimos rumbo a Sacramento y terminamos en el pueblito perdido de Roseville.
Amanecimos un bonito dia de domingo a eso de las seis de la mañana dirección Sacramento, un pueblo localizado a tres sencillas horas de San Francisco. No podía ser sino una preciosa furgoneta la que hiciera que madrugásemos de tal manera, con gracia, simpatía e ilusión. La ruta era simple: coger un autobús hasta Emeryville y allí un tren dirección Sacramento. Muy fácil.

Llegamos a Sacramento en no sabemos muy bien cuántas horas, pero extrañamente una hora antes de lo planeado, hora durante la cual disfrutamos de las maravillas que Sacramento nos ofrecía, entre otras, una guitarra giratoria gigante del Hard Rock Café, dos maderos arrastrando a un tipo esposado con los vaqueros del revés y a una tierna abuelita que empujaba un carrito ocupado por una pequeña perrita que miraba curiosa todo aquello que le rodeaba. Una vez llegada la hora punta, llamamos al dueño de la furgo para que nos diera un par de indicaciones sobre donde se localizaba su concesionario. Sí, sí, su concesionario… “Riverside esquina con 5th Street”, nos dijo. “Hecho, para allá que vamos” Nos plantamos frente a un mapa y Riverside no aparecía por ningun lado. “¡Ah, mira, la 5th street! Nos la bajamos del tirón y en algún momento tendrá que cruzar Riverside Street” Muy bien, muy listas.

Comenzamos a bajar la 5th street y las calles que nos cruzamos fueron las siguentes: J, K, L, M, N, O, P, Q, R, S, T, U, V, X… Tras cruzarnos Barrio Sésamo de la A a la Z, ilusas de nosotras, creimos que aparecería Riveside ¡pero no! Para nuestra agotada e ingenua sorpresa empezaron a aparecer números. Llegadas a este punto, bajo un sol de infierno, sin aparente vida a un kilómetro a la redonda, con los sueños de esa maravillosa furgoneta desvaneciendose a cada metro caminado, vimos a un camionero y no dudamos en preguntar por la fantasmal calle de Riverside. El camionero sacó sus gafas, sacó su mapa y dijo que en su plano esa calle no aparecía, pero que al principio de la calle que acabábamos de trillarnos, si cruzábamos el puente, allí habían un montón de calles con la palabra River.
…
Dimos la vuelta: X, V, U, T, S, R, Q, P, O, N, M, L, K, J… y por fin, el famoso puente. Brillante idea la de Ainhoa de preguntar antes de cruzar: “Riverside ahí no está” nos dijo un tipo, “Está al final de la 5th Street”. Me voy a ahorrar lo que supuso escuchar esto, y me voy a ahorrar el repaso al abecedario. Volvimos a patearnos la 5th street y ahí, al final de la calle, Riverside no existía. Aparecimos en un barrio de casas blancas de porches blancos, césped recién cortado, rancheras aparcadas a la puerta de las casas y dimos con un tipo que nos dijo que Riverside estaba a una milla y media de donde estábamos. Se negó a acercarnos, no se si ya por la pinta de demacradas o porque simplemente era un soplapollas, pero ante eso, mi compañera y yo nos arrastramos rumbo a ninguna parte por los jardines de la solitaria urbanización hasta que finalmente dimos con Ty.

Ty estaba apaciblemente en su jardín regando sus plantas y limpiando su coche, preparándose para ir a echarse unas bolas al golf, cuando le pillamos y le rogamos ayuda. Tras un primer contacto cedió y nos dijo que nos acercaba, pero antes iba a confirmar en Internet la dirección. Confundidas y derrotadas nos dejamos caer en su precioso césped recién cortado. Salió y nos dijo solemne “No la encuentro”. No entendíamos nada, pero nada de nada. Le convencimos para que llamara y el teléfono simplemente no existía “Pero si yo he llamado miles de veces…” le dije, y entonces me dijo que el prefijo que teníamos apuntado no era de Sacramento. Marcó el prefijo, y lo peor, lo peor que podía pasar, ocurrió. Nos habíamos confundido de ciudad. Estábamos a 40km de nuestro destino.
Voy a intentar, de verdad, hacer la historia corta. Ty llamó de nuevo al tipo del concesionario que tenía nuestra candidata a “Miss VW ‘07 tirada de precio” y le preguntó, para nuestra sorpresa, si podía venir alguien a buscarnos. Para más sorpresa todavía, le dijeron que sí. Algo menos de una hora después apareció por allí Patric en su Lantus negro de asientos forrados de-pelo-de-oso-color-rosa y The Pinguins a todo trapo. Nos llevó hasta su concesionario a 550km por hora por una autovía dirección Reno, peinándonos el pelo con el bajo techo de su Lantus, Ainhoa sentada detrás acompañada por un correcaminos de peluche que tenía el cinturón de seguridad abrochado. Durante el viaje, que a tal velocidad digamos que fue ‘rápido’, Patric de repente nos preguntó cómo pensábamos pagar el Lincon. Con sus más de setenta años encima todavía pudimos ver como le fue cambiando el color de la cara cuando descubrió que estábamos interesadas no en ese preciado y nuevo Lincon del que nos hablaba, sino en la abandonada y mal cuidada Vanagon de la esquina de su concesionario.
Llegamos a su concesionario y la cosa fue rápida. La furgoneta era una mierda. Una vez aclarado esto, volver a casa era nuestra principal preocupación. Nos pateamos una milla y media en busca de una estación de autobús/tren - que a estas alturas del día dudábamos de su existencia - parando para comer en el único restaurante con vida (en el sentido literal de la palabra) de la zona, que resultó ser un mejicano en el que servían burritos rellenos de carne, arroz, judías, ensalada y salsa de yogur, todo junto envuelto en un pan de pita tamaño XXL (burrito que sabiamente Ainhoa bautizó como ‘burrada’).

Encontramos la estación, la taquilla cerrada y como única esperanza un horario de autobuses mal colgado. Dos horas más tarde apareció un autobús rumbo a San francisco con un amable conductor que nos gritó que nos sentáramos de una puñetera vez y que pagásemos el viaje en la parada de Sacramento. Ya lejos de Roseville, en la cola de las taquillas de Sacramento y poco dispuestas a pagar nuestro viaje desde Roseville y el consiguiente viaje a SF en un infernal autobús, una simple mirada entre Ainhoa y yo bastó para saber que lo propio era echar a correr y salir por patas de la estación. Por patas que salimos de ahí, atravesando las dos puertas traseras de la estación como dos fugitivas perseguidas por la INTERPOL o, más bien, como si acabáramos de robar dos chupa-chups en el kiosco de la esquina, y para nuestra sorpresa, la gigante guitarra giratoria del Hard Rock nos esperaba al otro lado indicándonos nuestra localización. Corrimos hasta la primera esquina, Ainhoa cual lince y yo detrás, arrastrada desternillada de la risa, con la tranquilidad de saber que nuestra estación de tren estaba a la vuelta de la siguiente esquina.
No sabemos muy bien cómo, y casi sin poder creerlo, a media noche estábamos entrando en nuestro hogareño Hostal Internacional de SF. Hogar dulce hogar…