viajar...

“Pero viajar no es un empeño en busca de lo imaginado, no es la persecución de algo que uno quiere ver, cerrando los ojos a todo lo demás. No es un deporte hecho para los que están seguros de lo que son, qué quieren y adónde van. Una sola pregunta puede justificar un gran viaje y el viaje está hecho para aquellos que no saben muy bien hacia dónde se dirigen ni conocen con exactitud lo que buscan. Está hecho para los que intuyen que encontrar no es lo importante y que cumplir un sueño puede ser, sobretodo, darse de bruces con la aventura. Es cierto que regresamos siempre, pero no debe viajarse con la intención de hacerlo. Viajar tiene algo de nacimiento"

Javier Reverte.
El Sueño de África.

26 maio 2008

El bonito comienzo de nuestro Gran Cuento de la Lechera

Ayer estaba yo al volante cuando decidí acercarme a un coche para preguntar por unas indicaciones. Como si estuviera conduciendo mi antiguo AX en lugar de una furgoneta de cuatro metros y medio de largo, me acerqué tanto tanto al otro coche que me llevé su parachoques por delante. Esas cosas pasan, qué le vamos a hacer. Con un seguro que no llegaría a cubrir ni las luces de un intermitente, nos encontramos en la situación que hace tiempo yo ya esperaba: hacer negocio. Estábamos allí el dueño del otro coche, sus dos hijos, seis policías federales con metralletas en mano, dos agentes de tránsito, Ainhoa y yo. Exclamaciones para arriba, disgustos para abajo, quejas, suspiros, y conversaciones más bien de telenovela que de una situación seria. No sólo conseguimos pagar la mitad de lo que nos pedía el tipo sino que además de librarnos de la multa con la que nos amenazaba uno de los agentes (sin saber muy bien el porqué de la multa, eso es lo de menos) el agente terminó pagándole al tipo del coche los diez pesos que nos faltaban para zanjar el trato mientras decía “a las mujeres bonitas siempre les salen las cosas más baratas”. Si hay que ser bonita, una lo es… y que pague el barquero, que yo soy bonita y lo quiero ser… Vamos, que si nos quitan de una multa y encima nos descuentan, como si tenemos que hacer el pino mientras nos tocamos la punta de la nariz.
Pero bueno, esto ocurrió ayer saliendo de La Piedad rumbo a Guanajuato. Llegamos a esta preciosa ciudad ayer tarde, después de pasar quince días en la mejor de las compañías. Juan K. es un artesano original de Guadalajara. Le conocimos por pura casualidad en un pueblito llamado San Pancho, en el cual paramos a pasar la noche cuando íbamos camino de Puerto Vallarta junto con un holandés y una polaca. Fue por él que dimos la vuelta, y en lugar de seguir lo planeado, modificamos nuestro rumbo para pasar unos días en La Laguna de Sta. María del Oro y en la ciudad de Guadalajara, donde Juan K. sería el mejor de los guías. Separando nuestros caminos, la pareja que nos acompañaba siguió hacia Puerto Vallarta, mientras nosotras dos pusimos dirección a La Laguna siguiendo a la pequeña volkswagen de Juan K.
El hombre de los bonitos suspiros, caracteristica por la cual siempre le recordaré, vive en una volkswagen del 82, acomodada con una enorme cama y un ordenador con una enorme pantalla para ver películas. Tiene sus cosas organizadas como nosotras, en tapers donde lo almacena todo. Fue a través de su combi por la cual nos conocimos. Nada más verla Ainhoa y yo pusimos los ojos en un enorme cable naranja que salía por su ventana. No había lugar a dudas, allí dentro había alguien disfrutando de electricidad, deliciando una película en la pequeña y acogedora casa que resulta siendo una combi volkswagen. Y es que en los 104 días que llevamos de viaje, si hay algo por lo cual hemos suspirado nosotras es por el placer de ver películas en nuestra bonita y caprichosa, o mejor, tragarnos la última temporada de Perdidos con un gran bol de palomitas.
Pero de Juan K. no sólo nos llevamos un inversor de corriente y una extensión de treinta metros para poder llevar a cabo estas pequeñas satisfacciones de la vida moderna, ni mucho menos, de él nos llevamos muchisísímas cosas más - como diría él. Pasamos con él cinco días en una preciosa laguna formada en el antiguo crater de un volcán. Allí nos enseñó muchos de sus trucos como artesano y nos ayudó a montar nuestro primer puestecito de ambulantes durante una competición de natación en la enorme laguna. De allí fuimos juntos a Guadalajara, donde nos acogieron en su casa Maribel y su hija Carol, con quienes preparamos unas deliciosas tortillas de patata y con quienes disfrutamos de agradables charlas basadas en el intercambio de jerga callejera y palabras malsonantes de ambos países. A ellas dos, a Diego el hijo de Carol y al bebé que está en camino, les damos las gracias por hacer de su casa la nuestra durante los cinco días que estuvimos en su acogedora ciudad.
Y es que Guadalajara fue increíble. Juan K. nos llevó a absolutamente todos los rincones donde vendían material para hacer pulseras, collares, pendientes y demás. Nos llevó a talleres de metales a comprar alambres de todo tipo, color y grosor, a tiendas de hilos de cera, piedritas, bolitas de madera, cajitas para guardarlo todo… Ainhoa y yo pasamos horas tiradas en el suelo escogiendo cuarzos de colores, aprendimos a ranurar ópalos y cuarzos para poder hacer collares con ellos. Deslumbradas con todo aquel mundo que escondía Guadalajara, supimos que de ahora en adelante la ciudad sería una de nuestras grandes Mecas. La Meca de nuestros sueños, la de nuestros artísticos sueños. Bastó cruzar una esquina y encontrarnos con una plaza atestada de mujeres haciendo ganchillo para saber que algún día Ainhoa y yo volveríamos a esa gran ciudad. Nunca en la vida Ainho y yo olvidaremos el día en que entramos en la casa de un artesano en busca de ópalos. Camilo nos invitó a pasar a un cuarto, nos sentó frente a una mesa y empezó a derramar preciosos ópalos sobre bandejitas de terciopelo negro mientras nos servía cerveza con sal y limón. Con los ojos como platos, Ainhoa y yo pasamos no sabemos cuantas horas eligiendo ópalos, y terminamos rellenando pequeñas bolsitas de plástico con la ayuda de una pequeña paletita de plata. Camilo nos enseñó a distinguir los ópalos buenos de los malos, todo el proceso la piedra, cómo es en bruto, cómo la pulen y la empastan hasta que quedan listas para ranurarlas y utilizarlas. Lo mismo ocurrió con las oxidianas. Juan K. nos llevó a comprarlas a la misma casa donde dos hermanos las pulen, las tallan y las venden al por mayor. Todos estos rincones secretos se abrieron ante nosotras gracias a Juan K., quien nos adoptó, nos acogió, y nos bautizó como artesanas con un precioso collar de oxidiana que nos hicimos con su propio material.
Todo esto y lo que queda sin contar se remata con el paso por la ciudad de Tequila. Además de descubrir y probar el helado de esta bebida, Ainhoa, Juan K. y yo fuimos a una pequeña fábrica a ver el proceso del agave hasta que se transforma en tequila. Nuestra guía Inma, que al final de la ruta bebió casi más tequila que nosotros tres juntos, nos contó cómo el tequila se empezó a destilar tras una tormenta durante la cual cayó un rayo y coció una plantación de agave. Sorprendidos por el rico olor del agave cocido, éste empezó a utilizarse como endulzante en las bebidas y comidas. Un día, encontraron un bidón olvidado y fue así como descubrieron los efectos del agave fermentado. Ala, de ahí el tequila
Y por lo pronto con esta historieta me despido. Queda pendiente un video de nuestro buceo en la isla de Espíritu Santo, junto con leones marinos y en las entrañas de un enorme barco hundido… y es que, resulta imposible contarlo todo. Ya sabeis, quien quiera saber más, que venga ;)
Besos de dos aventureras desde Guanajuato.














































































































Nuestras fotos de guiris como guinda final :)

06 maio 2008

En el mejor momento y en el lugar indicado.

Dos meses y medio hemos pasado en el yankee, increíble pero cierto. Miles de aventuras, e historias pero sobre todo lo que más nos alucina de EEUU son la cantidad de gente pirada de la chota que nos hemos encontrado. Como os podéis imaginar Marta y yo pasamos 24h juntas, pero cuando nos separamos por unas horas o cualquier motivo, nos volvemos a encontrar emocionadas por las miles de historias increíbles que tenemos que contarnos. ¡Somos un gran equipo! Por su cumple pasamos un gran día en el parque y recibió como regalos unas súper pegatinas para tunear y renombrar la furgo, camisa hawaiana y más.
Salimos de San Diego más chulas que un ocho al ver cómo la vida nos regalaba una dulce venganza. Anthía nos despreció, nos insultó y jugó sucio. Ella lo quiso así, estaba sentada en el momento justo y en el lugar perfecto para ver desfilar a su jefa, Lauren, con el poncho que cariñosamente llamé California Sunset. Con la sonrisa congelada vio como nos hacían fotos y nos despedían cariñosamente la gente del 976. Pedimos comida para llevar y en la misma bolsa Lauren nos regaló dos preciosas tazas de té con el Logo 976. Agitando nuestras manitas por la ventana de la, nuevamente apodada Bonita y Caprichosa, pusimos rumbo a la frontera. Hay un momento que la carretera sólo tiene un sentido y es imposible dar la vuelta, desde ahí se divisa una colina llena de casas muy humildes: Tijuana, y una bandera gigante roja, blanca y verde: México.
Cruzar la frontera por Tijuana y que te paren o no depende de un semáforo, que si está en rojo te registran y si es verde pasas como si nada. Sin embargo todo cambia en a penas 200m. Con el semáforo en verde cruzamos frontera y nuestros ojos se abrían ante la gran diferencia, pero también ante lo familiar que nos parecía todo. Puestos ambulantes, hamacas y caras latinas vimos por nuestras ventanas mientras pasábamos de largo Tijuana. La península de Baja California nos esperaba. Directas a Ensenada condujimos hacia el atardecer para dormir en el parking de un restaurante en La Bufadora. Se terminó “Prohibido esto, prohibido lo otro”, en México podemos aparcar, cocinar y ser bienvenidas con grandes sonrisas. Nos despertamos escuchando rancheritas mexicanas a todo volumen de los vecinos. Caminamos todo el mercado que se concentra alrededor de La Bufadora, fenómeno de agua que sube al cielo que no merece la pena visitar. Sin embargo en el mercado enfocado al turismo norteamericano, desayunamos sandía y mango con chile, sal y limón. Nos encaminamos hacia Erendida, allí comimos enchiladas de queso en la cocina familiar de Gloria y aparcamos en la playa debajo de un hostal y cerca de una familia que también acampaba allí. Estos resultaron ser una pareja de abueletes adorables que tenían buenas historias que compartir y con ellos vimos orcas desde la orilla. Marti y yo decidimos subir al hostal a por unas cervezas y allí nos quedamos a tomar la primera, la segunda y la tercera. Allí, al lado del fuego, jugaban cinco gringos a las cartas y viendo a dos señoritas como nosotras beber solas nos invitaron a jugar con ellos. Sin dinero que apostar ellos nos prestaron una y otra vez cuartos de dólar para que siguiéramos en la mesa. Marta se había retirado varias veces del juego después de apostarlo todo. En la última jugada, la apuesta era la más grande e interesante de la noche, sólo quedábamos tres y a ninguno nos salieron buenas cartas como para llevarnos el preciado botín. Uno de ellos le dio otro cuarto de dólar a Marti para que participara de la que sería la última partida. Marta, con cartas prometedoras y mucho atrevimiento lo apostó todo. Si perdía tendríamos que poner 13 dólares para pagar la deuda pero…¡Ganó! ¡Ja! Los gringos con caras de besugos no sabían si respetarla aún más u odiarla con todas sus fuerzas cuando Marta les dio una lección. Como una señora, repartió el dinero entre los gringos, se levantó y dijo “Señores, este dinero es suyo, hemos empezado sin nada y nos iremos sin nada, ha sido un placer y gracias a vosotros hemos pasado una gran velada”. Así, atónitos, les dejamos, y yo muy orgullosa de la gran señora que caminaba a mi lado cruzamos el oscuro desierto sin ninguna luz y nos fuimos a dormir. Al día siguiente, condujimos 13km por carretera de tierra a 10km/h cantando a todo trapo mientras la B&C se bamboleaba de un lado a otro para llegar a ver la gran Bahía de San Quintín. Luego hasta Rosario, al día siguiente hasta Rosarito y por el camino muchos controles de policía militar que nos hicieron plantearnos que, quizás por ser dos mujeres no corremos mas peligro, sino todo lo contrario, la policía bromea con nosotras, nos enseña fotos de su familia, videos de sus hijos jugando y después de una charla y preguntas de rigor “De donde vienen, a donde van”, nos despiden con sonrisas.
Conduje durante 3h y media por la carretera más recta que he visto en mi vida. Un desierto volcánico gigantesco y una única carretera que lo cruza, es sencillamente recta como una regla y así es durante 300km. La carretera más aburrida que he visto en mi vida entre tierra, bosques de cactus y piedras que termina en la llamada Cuesta del Infierno, y no es para menos porque después de ese descenso de infarto, la carretera desemboca en auténticos oasis con ríos que aparecen y desaparecen, lagunas verdes rodeadas de palmeras datileras, naranjos y pueblitos acogedores. La carretera te lleva directa a las aguas turquesas del Golfo de California y ahí en un pueblito llamado Mulegé llevamos 3 días atrapadas. La tarde que llegamos nos tomamos una birra debajo de las palmeras a las orillas del río, cenamos y nos contaron que el pueblo estaba un poco revuelto por unos cuantos robos. No sabíamos muy bien si dormir en mitad del pueblo o no. Entonces Marta se encontró en el lugar indicado en el momento justo para hablar con la persona perfecta. Holaaaaaaaa?, mira, mi amiga y yo buscamos un sitio tranquilo para dormir, ¿sabéis alguno?; pregunta Marta a una pareja de gringos (Sean y Jill). El y ella se miran entre si, y él le dice “ Bueno, en realidad sí, podéis venir a MI Playa, si queréis”. En ese momento Marta y yo nos saltamos todas las reglas de seguridad de no conducir por la noche en México y nos vimos siguiendo, durante 15km, a esta pareja que iba en su Harley por oscuros caminos de tierra. Llegamos a SU PLAYA escondida en algún lugar en el mar de Cortes. Allí, vive Sean en una casa de palmeras impresionante, llamadas palapas, que es el puro paraíso. Nos ha dado paseos en barco por toda la Bahía de la Concepción, hemos ido a pescar y nadar en aguas turquesas y nos ha dado un paseo en su Harley por la zona. Nos ha adoptado por unos días diciéndonos “Mi casa es su casa” . Desde su sillón ahora os escribo donde curiosamente hay Internet pero no hay cobertura de móvil. Desde aquí se ven a los pelícanos tirarse en picado para pescar en la misma orilla. Ayer cojimos a menos de medio metro de profundidad un saco de almejas, que comimos ayer con langosta y pescados que yo degusté encantada por las dos. Los vecinos son una pareja húngara con dos niñ=s que han crecido aquí en la playa, y han construido una casita de palmeras pensada toda ella para sus hij=s. Ellos nos apodaron Cortes Girls y con ellos, una vez más, nos damos cuenta que es posible vivir así. Y viajando, conocemos cada vez a más personas que viven así, que viajan como nosotras y que tienen autocaravanas que nos hacen soñar con tener algún día una. Hemos llegado a la Paz y por fin mañana nos vamos a bucear a la isla Espíritu Santo.






































































































































28 abril 2008

California Sunset Story

Son las nueve de la mañana, me siento frente al pacífico con papel y boli, y mientras caliento el primer té en tierras mexicanas me dispongo a escribir la historia de nuestro final en San Diego. Es una historia que, de hecho, merece ser escrita así y de ninguna otra manera.

Pasamos en San diego exactamente un mes y medio. Llegamos con la intención de probar suerte, buscarnos un curro y llevarnos cada una mil dólares en el bolsillo. Lo conseguimos. Pero no sólo nos llevamos dinero con nosotras, nos fuimos de ahí con las ganas de volver, con la sensación de dejar algo de nuestras vidas allí y sabiendo que la próxima vez que volvamos tendremos un pequeño grupo de personas que nos estarán esperando. Porque volveremos… No sabemos cuándo, ni cómo, pero los atardeceres de San Diego volverán a escuchar nuestros sueños.

Como ya conté en el post anterior, el Café 976 fue nuestro jardín de las delicias durante muchas de las horas, días y semanas que pasamos en San Diego. Pasamos tanto tiempo ahí con nuestras lanas y agujas que se tornó inevitable hacer amistad con la gente de allí. Así, acabamos formando una pequeña e improvisada familia con algunos de los trabajadores de 976. Es a ellos a quienes va dedicado este post, no sólo por ser los principales protagonistas de la historia sino por lo que nos regalaron con su amistad y por la honda huella que nos dejaron en el corazón.

Nuestro cuento dice así:

Conocimos a Anthía una noche de domingo en la que Ainhoa estrenaba un poncho de colores que acababa de terminar. Lo había estado tejiendo en el 976 asi que todo el mundo allí reconoció el trabajo final cuando se lo vieron puesto. En el momento en que lo vio, Anthía se enamoró del poncho y le dijo a Ainhoa “Hazme uno y te lo compro”. Ainhoa, que no cabía en su sorpresa, le advirtió modestamente que nunca había hecho algo tan grande para vender, que el precio de algo así subía mucho por las horas de trabajo y la lana utilizada. Anthía estaba decidida a comprarlo “Tú házmelo que yo te voy a pagar el precio que le pongas. Soy artista y se valorar el trabajo de otros artistas” Así, pasaron dos semanas en las que Ainhoa tejió el poncho con una tremenda ilusión. Lo mimó y lo cuido, y del resultado de los colores lo bautizó con el nombre de “California Sunset”, o lo que es lo mismo “Atardecer de California”. En ningún momento Anthía vio el poncho mientras Ainhoa lo trabajaba, decidió guardarse la sorpresa para el momento en que estuviera terminado.

Una noche, a los pocos días de haber conocido a Anthía, Ainhoa y yo decidimos hacerle una visita a su casa. Nos recibió encantada y pasamos una agradable velada intercambiando historias, aventuras, amores y desamores bajo la luz de la luna en su jardín. Justo antes de marcharnos, Anthía nos mostró su cuarto, y rebuscando en su armario sacó del fondo dos gorros, unos calentadores y un par de guantes. Nos los ofreció como regalo y nosotras los aceptamos agradecidas, despidiéndonos de ella esa noche con un beso y un gran abrazo.

Sería tres días antes de nuestra marcha cuando Ainhoa decidió devolverle los guantes y uno de los gorros a su dueña “Anthía, te agradezco muchísimo lo que nos regalaste pero no podemos quedarnos con todo. Apenas tenemos espacio en la furgoneta y vamos hacia el sur, hacia el calor. Prefiero devolverte los guantes y el gorro antes que regalarle a alguien por el camino algo que me regalaste tú” Nos despedimos de ella hasta el día siguiente, día en que Anthía recibiría el poncho y pagaría por él el precio acordado entre ambas. Como era de esperar, el precio acordado por ellas era el reflejo de una amistad. Una parte se pagaba con dinero y la otra parte la cubría Anthía con su reconocimiento hacia el arte y con su amistad hacia las dos.

A la mañana siguiente Anthía vino a verme al trabajo. En ese momento yo me encontraba haciendo recados así que dejó un sobre con nuestros nombres escritos en manos de mi jefa. Yo, ilusionada con el detalle y sabiendo que tanto ella como Ainhoa estarían en el 976, me dirigí hacia allí sin abrir el sobre. Al llegar allí no vi a Anthía, y me acerqué a Ainhoa agitando el sobre en el aire. Fue entonces cuando Ainhoa empezó a contarme que Anthía había ido a despedirse de ella y a decirle que no podía aceptar el poncho porque no éramos como ella había pensado. Nos deseaba buen viaje y se había despedido de Ainhoa dándole la mano con frialdad mientras le decía “Te daré un dinero por el esfuerzo”. Ainhoa no entendía nada… y así se lo dijo, entonces Anthía dijo “Me he sentido insultada por haberme devuelto algo que os dí” Ainhoa se sintió mal, le pidió disculpas, la abrazó y le dijo que había sido un malentendido. Le explicó que había sido con la mejor de las intenciones y que sentía mucho haberla ofendido. Anthía dijo aceptar las disculpas y quedó en que nos veríamos esa misma noche.

Al terminar de contarme la historia, miré extrañada el sobre que tenía entre las manos. Lo abrí y leí cómo rechazaba cenar con nosotras en nuestra última noche, deseándonos al final de la nota un buen viaje. Yo, helada, sin saber cómo reaccionar empecé a sentir cómo mi cuerpo empezaba a hervir lentamente… “¿¿QUÉ??” Empecé a recordar cómo Anthía nos había dejado plantadas una y otra vez, y cómo nosotras habíamos aceptado constantemente sus plantones por una simple cuestión de respeto hacia su espacio y su intimidad. En ocasiones no apareció por cansancio, otras porque dijo caer enferma y otras por simple abandono. A nosotras nos había dado igual hasta entonces, pero en el momento en que Ainhoa me contó lo que había pasado empezamos a sacar cada una de las veces en las que nosotras podíamos habernos sentido ofendidas por Anthía. Cómo era posible que de repente fuese ella la que se sintiese insultada, y lo peor, que tras un acuerdo que ella misma había forzado, rechazara y despreciara de un tirón el trabajo que Ainhoa había ido realizando durante las últimas dos semanas. Transcurrió el día y finalmente Ainhoa decidió que no le vendería el poncho ni aunque ella lo quisiera. Hay cosas que el dinero efectivamente no paga.

Al llegar la noche nos acercamos a verla al 976. Yo le pregunté qué es lo que había pasado queriendo escuchar la versión de su propia boca para así confirmar que no había ningún malentendido. Me repitió exactamente lo que me había contado Ainhoa, cogió un sobre con dinero y lo puso en la mesa frente a ella. Ainhoa miró el sobre y lo rechazó dolida. En ese momento no pude evitar preguntarle cómo era posible que fuera ella la que se sentía insultada si nosotras en todo momento la habíamos respetado y que de todos los planes que había acordado con nosotras nos había dejado tiradas en todos. Fue ahí cuando de repente dijo “Es que de hecho, caí enferma la noche en que os conocí”. A mi se me puso cara de besugo y le pregunté “¿Insinúas que somos la causa de tu enfermedad?” Anthía asintió fría. Ainhoa, que todavía trataba de asimilar el desprecio por su trabajo me miraba sin entender lo que estaba pasando. Me levanté con un calentón terrible “¿¿Qué?? ¿¿CÓMO??” Miré a Ainhoa y le dije “Vámonos”. O me largaba de ahí o hacía algo que no he hecho en mi vida: cruzarle la cara a una estúpida. Nos marchamos de allí sin su sucio dinero, dolidas, cabreadas e insultadas. Esa noche nos quedamos dormidas mientras nos decíamos la una a la otra “El tiempo pone a cada uno en su lugar” y dormimos sin saber que tendríamos el placer de ver cómo eso ocurriría…

Al día siguiente yo había quedado con una amiga para enseñarle a ganchillear un poco, y mientras yo hacía eso, Ainhoa se fue al 976 a por algo de comida. Era un día de sol, precioso y tranquilo. Al llegar allí Ainhoa se encontró al otro lado del mostrador con Lauren, una de las managers del 976. Lauren sonrió alegre a Ainhoa mientras le decía a uno de sus compañeros “¡Le está haciendo un poncho a Anthía!” Ainhoa lo negó con lágrimas en los ojos “No, ya no, ahora no lo quiere” Con los ojos como platos los camareros dijeron al unísono “¡¿QUÉ?!” Lauren salió de detrás del mostrador, cogió a Ainhoa de la mano y la sentó en una de las sillas de colores del jardín “¿Qué ha pasado? Cuéntamelo todo”. Ainhoa le contó día tras día, desde la noche de domingo en que la conocimos, hasta la noche anterior en la que nos había acusado de ser como la peor de las pestes. “¿Qué hay de malo en lo que hiciste?” Le dijo Lauren “¡Gracias! ¡No estoy loca!” exclamó Ainhoa. Lauren se rió, le dijo que no se sintiera mal, que no se preocupara. Se despidió diciéndole “Vuelve mañana, vamos a intentar vender tu poncho antes de que os marcheis”

Llegó nuestro último día en San Diego y fuimos a pasarlo a nuestro rincón favorito, bajo el sol del 976. Como un día más, desperdigamos nuestras cosas por el jardín; lanas, hilos, agujas, ordenador, folios de colores, tazas rebosando té… Y al ratito de llegar se nos acercó Lauren, miró a Ainhoa y le dijo “Anoche estuve hablando con mi novio y hemos decidido que queremos quedarnos con el poncho. Te lo compramos”. En el mismo instante en que Lauren terminó de decir esas palabras vi cómo los ojos de Ainhoa recuperaban la ilusión que tuvieron durante las semanas en que tejió su “Amanecer en California”. Ainhoa le dijo “Ayer fuiste el sol que me dio luz en mitad de la oscuridad, ahora con mi poncho tendrás tu atardecer. Cogeré el dinero que me quieras dar por él”

Esa noche fuimos a casa de Lauren y conocimos a Kelsey, su chico. Kelsey trabaja en su propio taller en el jardín de casa, pintando increíbles cuadros que viajan a distintas galerías de arte repartidas por Londres, Nueva York y Los Ángeles (pincha aquí para ver su web). Se unieron a la cena su compañero de piso, el hermano de Lauren, un amigo, y Ryan, el otro manager del 976. Así, pasamos nuestra última noche cenando y tomando cervezas en un bar del centro de San Diego en la mejor de las compañías. Lauren estrenó el poncho esa misma noche, y nada más vérselo puesto Ainhoa y yo supimos que desde el momento en que se empezó a tejer, el poncho estaba destinado a ella y a ninguna otra persona. Lauren y su novio pagaron por él mas de lo que Anthía iba a pagar, pagó lo que Ainhoa antes de saber que lo comprarían le dijo que costaba en realidad. Ainhoa cogió el dinero con lágrimas en los ojos, tratando de devolverle parte del dinero, pero Lauren se negó y le dijo que estaba encantada de pagar esa cantidad de dinero por una obra de arte como aquella.

El cuento de nuestro final en San Diego termina una bonita mañana bajo el rosal de la entrada del 976. Fue allí donde Anthía, desde una mesa del jardín, pudo ver cómo el dueño del 976 nos tomaba una foto a Ainhoa y a mi bajo el rosal, junto a Lauren, que lucía como nadie mejor podría hacerlo el precioso “Atardecer de California”.

Esta historia significa para nosotras algo muy especial. Son cientos de momentos los que nos gustaría escribir, contar y transmitir a quienes nos leéis. Además de Lauren y de Kelsey, el 976 nos regaló otras dos personas muy especiales. Ryan - o “El Vikingo” por su barba, pañuelo en la cabeza y sus dos rubias trenzas -, otro artista del 976, fue quien nos qyudó a encontrar el trabajo en el Be Curious, y nos enseñó cómo ser viajeras puede llegar a ser una profesión. Refiriéndose a nosotras como “the travelers” y admirando día tras día nuestro arte, se despidió de nosotras con la fuerte convicción de que teníamos que volver para trabajar en su futura galería de arte. Andrew, o Andrés, estadounidense de origen mejicano, nos regaló la imagen de nuestro viaje con una polaroid del 75. Con lágrimas en los ojos nos despedimos de todos mientras nos decían lo mucho que se iba a sentir nuestra falta en el jardín del 976.

Nunca antes Ainhoa y yo habíamos visto reconocido nuestro arte de tal manera. Nunca antes alguien nos había considerado unas “Artistas”, en mayúscula. Comprar el “Atardecer de California” no era una cuestión de dinero, con la compra del poncho mostraban el aprecio por el arte, el valor de la belleza, la capacidad de crear cosas lindas con las propias manos, con el corazón e ilusión. Además de esto, nos dieron el calor que en ocasiones nos falta teniendo a nuestra gente en la distancia. Hace unos años, Kelsey había estado viajando por Australia con un amigo suyo, durmiendo ambos en el coche durante un año. Al conocer lo que había pasado con Anthía, Kelsey quiso ayudarnos como otras personas hicieron con él y su amigo a lo largo de su viaje. Esto mismo fue lo que nos dijo Denise, nuestra jefa, al despedirse de nosotras. Durante el tiempo que trabajamos para ella nos dio todo el trabajo que pudo para poder pagarnos el dinero que necesitábamos, y nos ayudó y trató en todo momento como si fuéramos sus nenas, sus más preciadas protegidas.

Como un círculo que esperemos nunca termine, nosotras agradeceremos toda esta ayuda, apoyo y cariño a través de otras personas, tratando de transmitirles todo lo que en su día nos entregaron a nosotras. Y para adelantar una de las muchas moralejas que esconde este cuento… No lo olvidéis: EL TIEMPO NOS PONE A CADA CUAL EN SU LUGAR.